CRISTO, El Centro del Misterio Pascual

El mayor acontecimiento de todos los tiempos

Cuando el Señor Cristo rodó la piedra que sellaba la tumba y salió fuera para mostrar Su poder sobre la muerte y el sepulcro, fue incorporado a la evolución humana un impulso dador de vida que ha permanecido en espera desde entonces, llevando la evolución humana adelante hacia la vida resucitada.

Esa primera Pascua fue un suceso histórico. Ocurrió en el mundo de los hombres y hay testigos que aseguran su veracidad. Está grabada en el tiempo.

Una personalidad humana, Jesús de Nazaret y un ser Arcangélico, el Cristo – unidos- originaron el supremo acontecimiento de todos los Tiempos.

Obviamente, la supremacía de ese Acontecimiento no consiste meramente en la resurrección física del cuerpo de Jesús. Como un milagro aislado, éste podría bien asombrarnos y luego dejar nuestra espiritualidad insensible. No es hasta que hemos logrado alguna pequeña comprensión al menos del acontecimiento del Cristo en relación con nuestro propio interior que aquel toma realidad y llega a ser verdaderamente significativo en nuestras vidas.

La resurrección de un cuerpo físico, en el sentido estrecho que es generalmente comprendido, no era el objetivo final de la misión de Cristo, ni es el nuestro.

Realmente, para la humanidad no podría haber tragedia mayor que poseer nuestros imperfectos cuerpos actuales, y sus consiguientes empequeñecidas y deformadas personalidades, inmortalizados. Fue para prevenir ese estancamiento que las Jerarquías Divinas que dieron la evolución a la humanidad instituyeron la muerte y la reencarnación como un medio por el cual, periódicamente, separar la parte inmortal de la criatura terrestre, de aquello mortal; ayudando por medio de dicho ciclo alternante a que el ego permaneciera consciente de su identidad espiritual y así, gradualmente, redimirlos de las repetidas formas físicas hasta que pudieran ser completamente transmutadas a un orden superior de cuerpos físicos.

Como intención benéfica para los que han muerto, la Resurrección de Cristo, con su garantía implícita de que todos los hombres un día experimentarán dicha resurrección, no debe ser entendida como el anulamiento del proceso reencarnatorio al menos para las masas. Los egos deben continuar tomando la envoltura física hasta que todas las lecciones terrestres hayan sido aprendidas y puedan ganar la promoción a mayores niveles de existencia. En otras palabras, la muerte de la cual Cristo ha salvado a la humanidad no es la muerte que llega al final de la vida ordinaria sobre la tierra. La raza continúa experimentando esa experiencia al morir ahora tanto como en los días antes de la Triunfal Resurrección de Cristo.

Repetimos, el verdadero significado de la Resurrección no puede ser encontrado en las enseñanzas corrientemente aceptadas referidas a un lejano Juicio Final que no permitiría levantarse de entre los muertos a los hombres que no creyeran en la Gracia Salvífica de Cristo lograda por Su triunfo sobre el sepulcro. En esta creencia tenemos otro ejemplo de una Gloriosa Verdad Cósmica despojada de su universal significado y materializada como mera caricatura de sí misma; y aún en esa disminuida forma, el ideal de la Resurrección ha traído esperanza a muchas almas fatigadas, en las que aún prevalece la capacidad de una fe simple como la de los tiempos medievales.

Según vemos ahora, existe un aspecto en el cual la interpretación ortodoxa del Misterio Pascual es cierta; el cual, tomado a primera vista, posee una pequeña semejanza con la interpretación espiritualmente científica de la misma verdad.

Sería bueno, en conexión con esto, tener en mente que ninguna doctrina por largo tiempo sostenida por gran número de devotos carece totalmente de alguna verdad. Todas las verdades esenciales de la fe cristiana están aún en la Iglesia si uno puede encontrarlas; pero desde que la Iglesia cerrara sus puertas allá por el siglo cuarto a los Sagrados Misterios de los que había sido en principio sagrado custodio, ha habido un progresivo deterioro en la forma en la que dichas verdades han sido presentadas y hasta ahora están tan desfiguradas, que la mente moderna tiende a rechazarlas como intelectualmente inadecuadas y científicamente inconsecuentes.

Muchas de esas mentes aún permanecen reverentes y religiosas a la vez, pero son por necesidad doctrinalmente no conformistas. La principal tarea del científico espiritual de hoy día es, por ello, no tanto ser descubridor de nuevas verdades, como ser capaz de reinterpretar las verdades antiguas a la luz de la Sabiduría Eterna.

Cuando esto haya sido realizado, la Religión podrá de nuevo asumir su legítimo puesto al lado del Arte y de la Ciencia para saciar al pensamiento humano, condicionar el comportamiento social, regular los métodos gubernamentales y, en breve, re-crear al mundo de acuerdo con los principios cristianos básicos.

Pero, debemos preguntarnos de nuevo, entonces, ¿qué significa realmente para el hombre corriente esa Resurrección? ¿En qué, si en algo, contribuye a la vida humana que de otro modo no hubiera podido ocurrir? ¿Creeríamos que no hay vida después de la muerte si Cristo no hubiera resucitado del sepulcro? Ysi nuestra futura resurrección depende de Su conquista sobre la muerte, ¿Cuál es el proceso involucrado? Repetimos, cuando la re-encarnación no es admitida entre las interpretaciones, ¿Cómo bajo la Justicia Imparcial de Dios podría la resurrección conceder beneficios que fueran alcanzables para aquellos que mueran, luego de aquél momento? La condición científica actual es tal que el hombre requiere al menos un vislumbre del modus operandi de los hechos de la vida, sean estos el problema de dividir el átomo o de remover la piedra que sellaba el sepulcro; y es correcto que sea así, pues cada proceso en la naturaleza, sea físico o espiritual, no sucede en el espacio vacío, sino que tiene lugar de acuerdo a leyes y principios que gobiernan las diferentes substancias y fuerzas puestas en juego. El desear conocer cuáles son estos procesos y cómo ellos operan es un deseo legítimo y natural y debemos al menos estar adecuadamente satisfechos antes de que la verdad en cuestión pueda esperarse que afecte vitalmente nuestro pensamiento diario y nuestras actuaciones.

Para la mente moderna, toda la historia de la Resurrección y lo que significa para nosotros y para la humanidad como un todo, viene a ser comprendida sólo cuando es iluminada por la luz que la ciencia espiritual pueda hacer caer sobre ella. Familiarizarse con esta ciencia ha venido a ser una necesidad absoluta en la actualidad. Los medios por los que el hombre anteriormente había estado contactando con la Divina Sabiduría han sido sobrepasados, como en el caso del contacto psíquico con los Mundos Internos, que era común en los primitivos desenvolvimientos, o inoperativo por falta de ejercicio, como en el caso de la pérdida de la fe con la cual el hombre vive en los tiempos modernos. Hoy el hombre ha alcanzado el estado del conocimiento, pero es conocimiento no iluminado por la sabiduría del alma.

Tomado de “Portales Estelares” de Corinne Heline