SUPERANDO LA MUERTE- Articulo Inédito de Max Heindel

Original en Rays, agosto 1915

Hace un tiempo, tuve el privilegio de hablarles sobre el tema de “La nota clave del cristianismo”, y en el transcurso de esa charla convocamos a nuestra mente la reunión de Pilato con Cristo, donde se hizo la gran y trascendental pregunta: “¿Qué es la verdad?” Veamos esa imagen una vez más. Ahí se encuentra Pilato, el representante de César, y en virtud de ese hecho, una personificación del poder temporal más alto, un gobernante de todo el mundo, con poder sobre la vida y la muerte, un hombre ante quien todos tiemblan. Y ante él está el Cristo, manso y humilde, pero mucho más grande, porque mientras este hombre Pilato tiene poder sobre el mundo presente, que es evanescente y temporal, él mismo está sujeto a la muerte. Pero Cristo es el Señor de la Vida, príncipe de un reino espiritual que permanece. Él entonces no responde a la pregunta de Pilato “¿Qué es la verdad?”, pero en otra ocasión dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, y agregó: “La Verdad os hará libre”.

No se debe negar que ahora estamos bajo la ley del pecado y sujetos a la muerte. Por lo tanto, la gran pregunta es: cómo encontrar la verdad que realmente y efectivamente nos liberará?; y con el propósito de encontrar el camino, echemos un vistazo a los albores del tiempo, cuando la humanidad infante vino por primera vez sobre la tierra. De acuerdo con la Biblia, una neblina surgió de la tierra cuando la corteza del planeta se secó, y cuando observamos esta época como se muestra en la memoria de la naturaleza, encontramos un maravilloso crecimiento tropical de tamaño gigantesco que cubre la cuenca del Tierra donde ahora se encuentra el océano atlántico. Efectivamente, era un verdadero jardín, pero la niebla era tan densa que la luz del Sol nunca podría penetrarla, pero la humanidad infante vivió en este paraíso como hijos del Gran Padre. Tenían cuerpos en ese momento como ahora, pero no eran conscientes de ellos, aunque podían usarlos, del mismo modo que usamos nuestro aparato digestivo sin ser conscientes de ello. Y aunque no podían ver físicamente, la visión espiritual era una facultad que todavía poseían todos. Así se veían alma por alma; no había engaño ni hipocresía, ya que la verdad estaba en cada uno.

Poco a poco, sin embargo, la niebla se despejó y se reunió en una enorme nube, rodeando la tierra. Simultáneamente, estos niños de la niebla empezaron vagamente a verse entre ellos; se incrustaron cada vez más y más en sus cuerpos físicos densos y percibieron por fin que este vehículo es parte del ser humano. Pero al mismo tiempo, gradualmente perdieron contacto con el mundo espiritual; ya no veían al alma claramente como antes, incluso la voz de los jerarcas espirituales que hasta entonces los habían guiado, como un padre guía a sus hijos, se debilitó y se apagó. En el transcurso del tiempo, la nube que se cernía sobre este valle se había condensado lo suficiente en la atmósfera de enfriamiento, de modo que estalló y arrojó sobre la tierra una inundación que llevó a estos niños de la niebla a las tierras altas, donde, en la atmósfera clara, debajo del arco del arco iris, se vieron cara a cara por primera vez. Gradualmente, la gran ilusión de que “somos cuerpos” se apoderó de todos; el alma ya no se veía, tampoco podían escuchar la voz del Gran Padre que se había preocupado por ellos durante su infancia en su estado paradisíaco. La humanidad quedó huérfana, a la deriva en el inhóspito mundo. La vida se convirtió en una lucha con la muerte.

Pronto, la mayoría de la humanidad parecía olvidar que había habido un estado tan feliz, aunque la historia vivía en canciones y leyendas, y aunque habitaba y moraba en cada pecho humano un profundo reconocimiento inherente de esta verdad, un recuerdo de algo que se ha perdido, algo más precioso que cualquier cosa que el mundo pueda dar. Y, por lo tanto, en cada pecho humano hay un profundo anhelo de esa compañía espiritual desde que la hemos perdido a través de la identificación con nuestras naturalezas inferiores. Encontramos una encarnación de este anhelo en el Tannhauser, que entró en el monte de Venus para gratificar su deseo inferior. Después de un tiempo, anhela el mundo que dejó y le suplica a Venus que le permita partir para que pueda disfrutar nuevamente del sufrimiento, las torturas de un amor no correspondido, porque se ha cansado de lo que ella le había dado libremente. Como él dice:

Un Dios puede amar sin cesar,
Pero bajo las leyes de la Consecuencia,
Nosotros los mortales necesitamos en medida alternante
Nuestra parte de dolor, así como de placer.

Ese fue el propósito cuando la Humanidad fue sacada de la Atlántida a la actual era del arco iris; Se dio la ley de la Consecuencia para que podamos cosechar como hemos sembrado, para que la tristeza y la alegría cambien a medida que las estaciones se sigan en secuencia ininterrumpida; y así debe continuar hasta que el sufrimiento engendrado por nuestras transgresiones haya demolido la crisálida que ahora sostiene al alma encadenada mientras la naturaleza inferior se alimente de las cáscaras de la materialidad. Al principio, la humanidad se deleitaba con el poder sobre el mundo y nació el orgullo de la vida; la lujuria de los ojos era grande, pero aunque “los molinos de los dioses muelen lentamente, muelen extremadamente bien” y aunque podemos alcanzar el poder, aunque la salud y la prosperidad sean nuestros servidores hoy, llega un día en que, como Fausto, sentimos que la vida no vale la pena. Y luego comienza la lucha contado por Fausto a su amigo Wagner con las siguientes palabras:

 

Tú, que por un solo impulso del arte poseíso,

Inconsciente del otro aún permanence,

Dos almas en mi pecho luchan

Por separarse entre sí:

La una, que desesperada al placer

Se aferra con vivo anhelo,

La otra, rasgado ya el velo, aspira

Con ardor sagrado a esferas más puras.”

Pablo también encuentra que hay en él una naturaleza inferior, “los deseos de la carne”, que lucha contra los antojos y deseos del espíritu, pero Goethe, con la maravillosa penetración del Místico, resuelve el gran problema para nosotros. “Lo que debemos hacer para poder alcanzar la liberación”, y dice:

         De cada poder que mantiene al alma en cadenas,
   El hombre se libera a sí mismo, cuando el autocontrol gana.

Podemos, como Pilato, tener autoridad, tal vez no una autoridad tan grande. Pero incluso supongamos que cualquier persona presente pueda convertirse en un “gobernante del mundo” y ejercer la autoridad sobre la vida y la muerte de toda la humanidad. ¿Qué le beneficiaría si no pudiera conquistarse y controlarse a sí mismo? Por medio de la agresión física, César, el maestro de Pilato (a quien él representa) había conquistado el mundo, todos le habían rendido homenajes y, sin embargo, su reino fue solo por unos pocos años. Luego, el sombrío espectro de la muerte acabó con su vida y su gobierno en el mundo físico. Miremos al otro, el Cristo, que estaba allí, manso y humilde, pero capaz de decir: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida, y quien crea en Mí no perecerá, sino que tendrá la vida eterna”. El gobernador del mundo, a pesar de su aparente poder y pompa actuales, todavía está sujeto a la muerte, pero el que ha aprendido a tener poder sobre sí mismo, el que ha conquistado su naturaleza inferior, el cuerpo de la muerte, se ha convertido así mismo en el Señor de la vida, con un reino que es eterno en los cielos. Y es deber de cada uno de nosotros seguir sus pasos, porque no digo Él: “estas cosas que hago vosotros también las haréis, y aún mayores”. Cada uno de nosotros es un Cristo en proceso de ser, un conquistador en el signo de la cruz.

¿Y cuándo será esto? Cuando el sentimiento del egoísmo encarceló al espíritu en el cuerpo, nnosotros perdimos de vista el alma y la muerte se convirtió en nuestro pago. Tan pronto como reemplacemos este sentimiento de egoísmo por el altruismo, tan pronto como abandonemos y olvidemos el yo y nos iluminemos con el Espíritu Universal, nosotros habremos vencido al gran enemigo. Entonces estamos listos para alzar la cruz para elevarnos desde allí hacia las esferas superiores con ese glorioso grito de triunfo, “Consumatum est”, se ha logrado.

El Camino es por Servicio.
La Verdad es que por servicio nos servimos a nosotros mismos, porque todos somos uno en Cristo.
La Vida es la Vida del Padre, en quien vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser, y en Quien, en consecuencia, no puede haber muerte.

Traducido por Equipo de Voluntarios